viernes, 6 de noviembre de 2015

Ahora toca escribir



Han pasado 116 días desde que cerré la casa de Barcelona. Durante este tiempo, he deseado que la situación política en mi tierra se arreglara. Pero va a peor.
            En estos días he intentado abrir todas las cajas de la mudanza, colocar mis cosas, recolocar mi espacio de trabajo; he comenzado las clases en la universidad, en la Carlos III, el primer año del grado de humanidades. En la asignatura de Movimientos Literarios me hacen leer mucho: Garcilaso, Shakespeare, Cervantes, Lope, Calderón… me ha venido bien refugiarme en los libros.
            Llevo tiempo sin escribir en el diario porque sabía que, cuando volviera a hacerlo, tenía que cerrar el primer tomo, que incluye desde el 18 de julio de 2008, cuando L. llegó a Barcelona, hasta el 13 de julio de 2015, cuando cerramos la casa de Barcelona y nos marchamos definitivamente a Getafe.
            Mi diario ya no podía llamarse Diario de una poeta sin casa, porque yo tenía una casa, después de siete años buscándola y deseándola a más no poder, ya tenía una casa, preciosa, en Illescas, a la que puedo ir bastante poco. Casi toda la semana la paso en el piso de Getafe, porque las niñas estudian en Getafe, porque así estoy cerca de la universidad y porque Getafe está muy bien comunicado con Madrid.
            Las comunicaciones en Illescas son peores y yo sigo con mi hándicap de no conducir. No soy superwoman y no pretendo serlo, no todo se me da bien.
            Hoy L. y yo nos hemos encerrado a trabajar en Illescas. Me encanta mi zona de trabajo aquí. La buhardilla está llena de libros, toda nuestra biblioteca, la que teníamos en Barcelona y parte de la de Getafe, está aquí; yo miro los libros ordenados, las estanterías blancas, y siento paz.
            Creo que toca retomar la constancia de escribir de forma diaria. Porque escribir es un hábito, una costumbre, es como pensar. Hay que hacerlo todos los días. Llamaré a este segundo tomo del diario Marinea en tierra, en homenaje a Alberti, y porque yo, ahora, aquí, me siento así. Es un tópico extraño decir que los que somos de mar luego lo echamos mucho de menos, pero es que así es.
            L. hoy me contó durante un rato una nueva novela que le bulle en la cabeza. Me gustó que lo hiciera. Yo quiero escribir textos diversos, aunque estoy un poco dispersa. Cuando estoy en Illescas me gusta mirar los cuadros. Son los cuadros que teníamos en la casa de Barcelona. En el comedor, que tiene tonos muy claros, tenemos una copia de Caminando en la costa, de Sorolla. Sorolla pintó a su mujer y a su hija caminando por la playa de Valencia. Me encanta el reflejo de los rayos de sol en las telas blancas de los vestidos. Cuando miro el cuadro recuerdo Barcelona, he aprendido a pensar en la Barcelona en la que fui feliz, al principio de mi relación con L., que era una Barcelona muy distinta a la que es hoy. Supongo que, por ese motivo, he escrito Suzanne. Tengo muchas ganas de ver mi novela publicada, es mi despedida de mi ciudad.
            Recuerdo las pocas veces que L. y yo sacamos algo de tiempo para caminar por la playa; casi siempre íbamos a Viladecans o Castelledefels. Apenas fueron un par de mañanas en siete años las que dedicamos a poder pasear por la arena y dejar que el agua salada nos mojara los pies, pero las guardo en mi memoria y las recuerdo a la perfección. Sé que ese tiempo hermoso, ese tiempo blanco, ese tiempo sorollano no volverá. Cuando miro el cuadro de Sorolla lo echo de menos:
tener tiempo para caminar a orillas del mar.
            Creo que mi periodo de adaptación a la vida entre Illescas y Getafe ha terminado. Ahora toca escribir.

Viernes, 5 de Noviembre de 2015
Illescas

TOMO 2. MARINERA EN TIERRA
La vida entre Illescas y Getafe


miércoles, 5 de agosto de 2015

Días de paz en Copenhague, solo alterados por la confusión de las elecciones catalanas el próximo 27-S. Visitamos el museo vikingo de Roskilde mientras comentamos las declaraciones de Josep Antoni Duran, líder de UDC: «si fuera por el presidente Mas, no habría elecciones el 27-S, pero se le ha ido de las manos».

5/08/2015


domingo, 3 de mayo de 2015

Día de la madre


(3/05/2015)

No quería hacerlo porque sabía que causaría desasosiego en mí. Pero lo hice. Subí a la buhardilla, busqué esa bolsa de rafia del Mercadona y saqué los manuscritos. Buscaba tres: Las mamadres también quieren, un cuento infantil que escribí con L. en 2008, inspirado en el poema de Pablo Neruda, La mamadre. 



Ese cuento ha tenido un recorrido desafortunado. Inicialmente, era un regalo para nuestros hijos. Nuestros hijos que, de repente, se vieron envueltos en una nueva familia y a su favor hay que decir que lo llevaron bien. Y L. y yo queríamos regalarles un cuento, un cuento en que pudieran sentir que tener madrastra y tener padrastro no era malo. Porque no hay literatura infantil con buenas madrastras, en los cuentos las madrastras siempre son malas.
         De 2008 a 2011 escribimos y corregimos ese cuento. El 9 de julio de 2011 lo dimos por terminado y lo entregamos a la agente de L. Ninguna editorial quiso publicarlo y nos entraron dudas sobre si era, realmente, un buen cuento. Nos dijeron que era un cuento triste y, al parecer, eso jugaba en su contra. Los editores no quieren publicar historias tristes para niños. El mercado editorial es muy conservador.
         A mí me entristeció que nadie quisiera pelear por la reivindicación literaria de la figura de una madrastra buena, que no hubiera otros ejemplos para los niños distintos de Blancanieves, Cenicienta, Hansel y Gretel… todos tienen una madrastra mala y perversa, como si las madrastras en la vida real fuésemos así. La sociedad, además, ha cambiado y cada vez son más el número de familias que los sicólogos llaman «desestructuradas» y que incorporan en el núcleo familiar la figura del padrastro o la madrastra.
         A mí me indigna la definición que hace la RAE de madrastra:

madrastra.
(Del despect. de madre).
1. f. Mujer del padre respecto de los hijos llevados por este al matrimonio.
2. f. p. us. Cosa que incomoda o daña.
Real Academia Española © Todos los derechos reservados




         «Cosa que incomoda o daña». Es increíble que a 35 millones de madrastras que hay en el mundo, asumiendo obligaciones y dando cuidados a hijos que no son suyos, se las defina como «cosa que incomoda o daña».

         Llevo desde 2008 pidiéndole a la RAE que acepte la palabra inventada por Pablo Neruda, «mamadre», como sinónimo de madrastra. Tengo bastante claro que me moriré sin que eso suceda, pero le agradezco al gran Pablo Neruda que fuera generoso con su madrastra y que escribiera ese bello poema. La historia de ese poema y de la madrasta de Pablo Neruda se cuenta en nuestro cuento, un cuento que es triste y que habla de madrastras buenas y que desde 2008 no le ha interesado a nadie y vive en la buhardilla de mi casa, en una bolsa de rafia del Mercadona, está ahí tranquilito esperando una mudanza.
         Una de las personas a las que más le ha gustado ese cuento siempre es mi querido amigo L.R.G. Creo que si no he destruido ese cuento es solo porque a él le gusta.
         Me siento algo mal conmigo misma, además, por haber abandonado un poco esta reivindicación, por haberme cansado de intentar reivindicar literariamente la figura de una madrastra buena.
         Creo, sinceramente, que las madrastras también nos merecemos un día. No sé si el de hoy, pero nos merecemos tener nuestro día.
         El otro manuscrito que buscaba y en el que pienso de forma recurrente desde el terremoto de Nepal es Mi amigo Dorje. Mi amigo Dorje es un cuento infantil que escribí para P. y me hubiera gustado regalárselo.



         Es la historia de un niño que no quiere pasar el verano fuera de casa estudiando inglés (actividad tan de moda en estos tiempos, mandar a niños de 13 años con familias desconocidas en USA a mejorar su nivel de inglés), él no quiere ir, reivindica su derecho de ser niño, de pasar el verano jugando al balón con su amigo nepalí Dorje. Este manuscrito lo firmo yo sola, era un regalo mío para P. que nunca me atreví a darle. Pienso en hacerlo cada año, cuando llega su cumpleaños, y, si no se publica antes (muchas perspectivas no hay) lo haré cuando tenga dieciocho años. El terremoto de Nepal me ha hecho pensar en fórmulas para publicar el libro, al fin y al cabo gestiono una editorial (con gran esfuerzo y muchos dolores de cabeza) y pensaba en si podría asociar la publicación de alguna manera (epub, impresión bajo demanda, edición limitada o similar) y donar los beneficios a alguna ONG que esté ayudando en la terrible situación que se ha generado allí tras el terremoto.  
         El tercer manuscrito, y quizá el más problemático para mí, es la versión bilingüe de Carta a la madre, Carta a la mare, que llegó a ser finalista del Premio Josep Pla de 2014, pero que no ganó y que tampoco recibió ninguna propuesta de publicación.




 Dos editoriales estuvieron a punto de publicarlo, pero ambas coincidieron en la dificultad de etiquetarlo. Carta a la madre es la versión femenina de la Carta al padre de Franz Kafka, un texto semiautobiográfico que, como ocurre siempre que hay verdad detrás de la literatura, tiene mucha fuerza. Ese libro se lo dediqué a la hija mayor de L., La. Recuerdo perfectamente la dedicatoria: «Para La., para que sepa que la quiero». Pero al final, un día, no sé por qué, discutimos, discutí con La., con L., y saqué esa dedicatoria y dejé una página en blanco. L. me dijo «No pongas ninguna dedicatoria que se pueda volver contra ti». Y me dio tanta rabia que L. no creyera en mi amor por La. que la saqué y no quise dedicarle el libro a nadie más.
         He pensado muchas veces en destruir estos tres manuscritos. Los tres tratan de forma circular temas que ya no parecen estar en mis escritos de ahora. He abandonado la reivindicación de la madrastra buena, consciente de que es una reivindicación que no le interesa a nadie. El cine, la literatura, prefiere seguir explotando el cliché de madrastra mala.
         El tema de la maternidad me sigue interesando, aunque en las novelas que trabajo ahora se refleja de otra manera. Ya no me interesa tanto la familia reconstituida, ni el rol de las madrastras y los padrastros, ni los conflictos que puedan generarse en familias como la mía y he huido hacia otro tipo de ficción más cómoda para mí y que intenta hablar de sentimientos universales. Pasar de lo particular a lo general, como hace Kieslowski en sus películas.
         Me interesa mucho, ahora, en mis nuevos trabajos, el papel del arte en nuestra vida. Cómo una pasión (hacer fotos, leer libros, ver películas, escribir…) nos ayuda a soportar nuestra existencia. El arte como redención contra nuestro dolor. Hace días que solo veo películas de Kieslowski, desde que L. está en San Francisco. No me pasan las horas y ver esas películas me ayuda a vaciar la mente.

         Me he encontrado con mis tres manuscritos y, de alguna manera, he hecho las paces con ellos. He estado leyéndolos toda la mañana. No me parecen malos textos. He pesando en tirarlos, en triturarlos, en hacer flores de papel con ellos. En quemarlos. Dice la tradición que uno debe quemar su primera novela. He pensado, muchas veces, en salir al patio de mi casa, mirar el naranjo abandonado a su suerte, tirar los manuscritos al suelo y quemarlos. Y comenzar una nueva etapa. Pero luego, nunca lo hago. Vuelvo a meter los manuscritos en la bolsa de rafia del Mercadona, y los saco cada año, para el día de la madre.

        

Domingo, 3/05/2015
Día de la madre

Viladecans

miércoles, 22 de abril de 2015

Ausencia y trabajo



L. está en el almuerzo del Premio Cervantes. Ayer estuvo en Bilbao, anteayer en Vitoria, la semana pasada en El Cairo, la semana próxima se marcha a California. La única convivencia que he tenido con él en los últimos quince días ha sido en el festival Torrejón Literario del pasado sábado, rodeados de un montón de gente. Solo le veo en los actos y con trabajo.
Voy viendo lo que ven sus ojos a través de las fotos de su Twitter. Cada día suele poner «Good night» y la foto de algún lugar en el que está. Antes, cuando llegaba de algún viaje, era él quien me enseñaba las fotos y tenía la sensación de que compartía algo conmigo. Ahora, como permanentemente está de viaje, tengo que entrar en su Twitter como si fuera una admiradora más.
L. llegará hoy a casa a las 0:30 h de la noche, yo me marcharé mañana a Madrid a primera hora, a las 5:30 h, nos vamos a ver cinco horas, en las que deberíamos dormir. Mi estado de ánimo es extraño.
Estos días, algunos amigos que me conocen mucho y me quieren, me han animado. E.S.Z. me ha dicho: «llorar no es malo, limpia los lagrimales y el alma». A.S.G. me ha dicho: «A veces las cosas salen bien». A.M.T. me ha dicho: «Tú es que eres una romántica…». Y será eso, que soy una romántica, que ya no está de moda el romanticismo, que me torturo estúpidamente con cosas que no puedo cambiar, que estoy así, tristona, decaída, pensando en el peso de las cosas.
Tengo dos ideas para un nuevo poemario y una nueva novela, pero ni siquiera eso me saca de este estado vegetativo. Estoy torpe trabajando. Quiero abrir una carpeta y abro otra. Se me olvida lo que quiero hacer. No me pasa el tiempo. Me paso la vida mirando el móvil por si, inesperadamente, llega un mensaje agradable. Hace demasiado tiempo que nadie me dice nada agradable. A todo el mundo le gusta escuchar cosas bonitas. Ha sonado el móvil cuatro veces, pero solo era trabajo.



Miércoles, 22/04/2015. Viladecans.

miércoles, 11 de marzo de 2015

El vacío y la hora de comer

Abrí el armario y cogí mis zapatos negros de tacón. Esos zapatos fueron lo primero que me compré en Getafe, y les tengo cariño. Los tengo guardados como si fueran un amuleto de la suerte. Ya están viejos y desgastados por el uso, hace siete años que los compré, pero siempre que me pongo esos zapatos es porque deseo que el día que los uso sea especial, y ese deseo suele cumplirse.

Escogí un vestido largo (no tengo las piernas bonitas para llevar vestidos cortos), que tiene varios tonos en blanco, negro y un color miel parecido al de mis ojos; es el vestido que llevo en la fotografía que me hicieron en la entrega de un Premio Nadal de hace varios años, y que es la foto que más circula mía por la red.



Estaba nerviosa. No es que me pusiera nerviosa esa mañana, es que llevaba quince días nerviosa. Llegó el día de volver a presentar un poemario mío en Madrid, era algo que no sucedía desde 2009.

Había mucha gente en la sala de la librería Lé, familiares y amigos. En mi corazón, y solo para mí, recordé la gente que estaba en 2009, amigos que han seguido cada uno su camino. De esa etapa anterior solo estaba Ramón Alcaraz, a quien me alegró mucho, muchísimo, ver. Ramón es una buena persona, y es muy difícil encontrar buenas personas en el mundo del arte y la literatura. Fue ver a Ramón y sentirme feliz, también sentí que quizá de todo ese pasado poético que recuerdo solo conseguí sembrar algo en el corazón de Ramón. Todos los demás me olvidaron o me abandonaron, pero Ramón estaba ahí y para mí tenía un valor incalculable.


                                              Librería Lé, 7 de marzo de 2015

Mis suegros también estuvieron en esa presentación de 2009. Ramón y la familia se mantenían fieles, y todo lo demás cambiaba. Muchos amigos, muchos autores de Playa de Ákaba, gente nueva, público de la librería, familiares de Elías; el mayor temor del poeta siempre es que no haya público, y público había un sábado a las 12 h en el que brillaba el sol en Madrid. Madrid siempre me ha acogido bien.

Comenzó L. Yo le escuchaba y quería hacerlo muy bien, quería que la voz no se me rompiera, quería decir todas las palabras que siempre me guardo dentro, pero la voz, como era de esperar, se me rompió.

Comenzó L. y le vi distinto. Distinto a esos primeros actos de 2008, 2009, cuando empezaban mis primeros bolos poéticos. Vi en él el paso del tiempo, el efecto de los éxitos (he llegado a pensar que los éxitos desgastan tanto o más que los fracasos), pero ahí estaba, con su misma voz, esa voz que siempre fue tan dulce y radiofónica, y parecía feliz.


                                  Presentación de Lejos de Valparaíso en la Biblioteca de Viladecans  2009

Habló A. A. que ha sido un apoyo tan grande, personal y profesional, para que los libros de Ákaba existan, A. que es la única que me aguanta y me sostiene cuando me caigo; A. que ha escrito un libro de casi seiscientas páginas y que estamos corrigiendo; A. que será la nueva Almudena Grandes, la nueva María Dueñas, porque ha escrito un libro extraordinario que va a dar mucho que hablar, A., mi A. Entre el público su marido y sus hijos, sus padres, pronto estarán todos orgullosísimos de ella, más de lo que ya lo están. A. hablaba y yo pensaba en Margarita, siempre he tenido el horrible defecto de que mi mente se transporte a otros lugares distintos a la realidad presente. Quizá por eso he escrito 3015. 3015 que sigue en el cajón, como tantas cosas.

Habló E. Un texto poético, bello; E. siempre conmueve, cada presentación que hace es distinta y por eso me gusta que me acompañe. Habló de Barcelona como la ciudad de los turistas, «con un paisaje de gente que siempre te sorprende, un músico, un mimo, un desfile, una puta, una pelea, un pobre, un enano, cien guiris, mil guiris, un escaparate, unos labios rojos…». «La vida sigue y lo invade todo», dijo E. después, y mi cabeza volvió al acto, «solamente viviendo aprendes a morir. Y así hemos llegado a marzo».

Recordé que era siete de marzo, que E. quería haber celebrado el acto el día 19 de marzo, porque era el día que murió su madre, recordé que no se pudo organizar para el 19 de marzo, habíamos llegado a marzo, pensé que era bonito querer recordar a tu madre, querer hacer cosas en su recuerdo, y deseé que mis hijas, algún día, me consideraran buena madre. Los hijos de L. considerarán buena madre a su madre y yo seré siempre «la mujer de su padre», es ley de vida, las madrastras no le caemos muy bien a nadie. Noemí fue la primera madrastra de la historia, muchas veces pienso que esa coincidencia no es casual, que en la vida nada es casual, pero yo tengo bastante claro que a mí Rut nunca me querrá. L.R.G. me enseñó el poema de mi madre. Le dije en un susurro «no lo leas» y él me dijo, «tranquila, no lo leo».



"La sabia elección de Rut" según una tarjeta bíblica de 1907 impresa por la Compañía Litográfica Providence
(Fuente: Wikimedia Commons)

Al pensar en la madre de E. recordé a mi abuela, podría decirse que me acuerdo todos los días de ella, conforme envejezco más aún, recordé su cara y sus besos, que bajaba a verme todos los martes, la tarta de manzana que hacía los domingos para mí, los enormes pasteles del día de la mona, que siempre se acordaba de mi cumpleaños (L., J., La. y P. no suelen acordarse de mi cumpleaños), ahora solo se acuerda de mi cumpleaños mi suegra, que siempre me felicita y me compra un regalo, y se preocupa de que sea algo que me guste, como hacía mi abuela. Mi suegra es la más buena de mi familia política, la que tiene el corazón más puro. Me hace pensar mucho en mi abuela. También es poeta.


                                                        
                                                                      Hierba de otoño, de Francisca Amador Calvo




Y pensé en la madre de E., y en mi abuela, y en mi madre, en un par de segundos que pasaron entre la intervención de E. y la charla de L.R.G., pensé en demasiadas cosas, los poetas siempre estamos viviendo en otros universos paralelos, oscuros, terribles, confusos. Pensé que voy a destruir Carta a la madre, mi versión femenina de la Carta al padre de Kafka, ahora es un texto que no me gusta. No sé por qué lo escribí, fue un momento de confusión.
Todo eso pensé mientras la gente me miraba con cariño. Pensaba en destruir parte de mi obra. Los artistas destruimos tanto como creamos, o más aún.


L.R.G. comenzó entre bromas que el público asistente agradeció. Mientras bromeaba recordé aquel acto en Viladecans, Vilapoètica, aquel día loco de 2011 en el que él vino a Barcelona para ayudarme y me ayudó en todo, en el que atendió a 265 poetas, en el que me ayudó con los micrófonos, con el ordenador, con el power point, con todo.





                                                      Festival Vilapoètica, 9 de abril de 2011
 Ese día que, cuando paramos a tomar un café, L.R.G. me dijo… «tienes que venir a Madrid, a presentar tu libro, yo te presento». Y a mí me dio miedo Madrid, y que no viniera nadie, y cuatro años después aquello estaba pasando, y por eso me quise sentar a su lado, porque L.R.G. siempre ha sido bueno conmigo, jamás me ha dicho una palabra fea ni desagradable, jamás me ha chantajeado, jamás me ha tratado mal, siempre ha sido bueno y generoso, hasta cuando yo he fallado. Y allí estaba, como buen amigo que es, como gran lector de mi poesía que siempre ha sido, presentando mi libro. Dijo muchas cosas bonitas de Un lugar con nieve que le agradeceré siempre, que se quedaron en mi corazón y me acompañarán un buen tiempo, entre ellas que «era una gran carta de amor a mi marido, desde el primer verso hasta el último» y que «el día de mañana no podrá estudiarse la obra de L. sin la poesía de Noemí». Y todo eso fue hermoso, su generosidad fue hermosa, y sentí ganas de llorar de felicidad, pero no lo hice. Pensé en si realmente L. entiende mi libro como una larga carta de amor; en su momento, algunos de los poemarios que forman ese libro, publicados de forma individual, no le gustaron, se los tomó como un reproche, como un feo, y no le gustaba que la gente los identificara con él. Parece que ahora, como forman parte de un todo más grande en Un lugar con nieve, ha desaparecido esa sensación que le incomodaba. A mí no me gustan todas sus novelas, hay cosas que reconozco y que también me incomodan, es muy difícil convivir con la creación literaria de otro, con sus fantasmas. El escritor que crea que en sus textos no viven sus fantasmas se engaña miserablemente. Escribir despierta a tus monstruos, y a todos nos dan miedo los monstruos.

Me tocó hablar a mí. Le di las gracias al público. «Sin lectores no hay libros», dije, «la cultura es un gran acto de participación», agradecí a E. que quisiera compartir mesa conmigo, la confianza depositada en mí para publicarle Tierra de invierno, a mi marido que fuera inspiración de mis poemas y parte cómplice en esta locura de editar libros; sin él el libro no sería posible, de ninguna de las maneras. Cité a Louis Aragon, que dedicó toda su poesía a su esposa Elsa, yo le he dedicado todo mi trabajo poético a L., como no podía ser de otra manera.


                                                                     Elsa y el poeta Louis Aragon

L. acumula muchas dedicatorias. En el pasado a la que fue su mujer, hoy su ex mujer, hay ediciones en las que sale su nombre y otras no, a sus hijos, a sus padres, familiares, amigos, L. no es de dar exclusividad a nadie, pero eso no quiere decir que no me quiera. Es difícil encontrar libros suyos con una sola dedicatoria, normalmente siempre incluye a varias personas en las dedicatorias. Yo no. Con las dedicatorias me está pasando como con las citas, me gusta darles exclusividad.

Hablé de La magdalena, el primer libro de Un lugar con nieve. Conté que, en su origen, fue un regalo de Reyes para mi marido. Yo quería regalarle algo muy especial, algo que hubiera creado con mis manos. Cité unos versos de Cohen: «escribo esta canción para ti, Oh señor del Mundo, tú que lo tienes todo menos esta canción» y pensé que L. lo tenía todo, menos mi Magdalena. Existen poquísimos ejemplares de ese libro, solo 94, en la versión original de La Magdalena pone esta dedicatoria:

Para Lorenzo, la razón de mis versos
como regalo de nuestros dos aniversarios
04/12/2001 y 19/07/2008

Iba a ser un regalo de aniversario y acabó siendo un regalo de Reyes, y nunca supe si le gustó.



                                         Primera edición de La Magdalena, hoy inencontrable y descatalogado

En la presentación no dije nada más de La Magdalena. Se me olvidó comentar que me hubiera gustado que la portada fuera un cuadro de Ribera, que es un poemario onírico, en el que no me reconozco, donde aparece la ciudad de Santander como en un sueño. L. y yo nos casamos en Santander, y esa es la promesa de la que habla el poemario de La Magdalena. Ese primer libro es un libro con un fuerte valor simbólico, del que no hablé. Fue como si el subconsciente quisiera traicionarme, nunca suelo hablar ni dar muchos datos de ese primer libro, para mí podría decirse que no existe.

Después comenté el poemario Lejos de Valparaíso, el segundo que forma el libro de Un lugar con nieve, comenté que tiene como portada un cuadro de Frederick Leighton, Flaming june, y comenté que el editor, en su día, me veía en la muchacha de ese cuadro. Yo nunca me vi, pero accedí a que ese cuadro fuera la portada de Lejos de Valparaíso. Quería comentar el cuadro y la portada, para comentar también la foto de cubierta de Un lugar con nieve, pero luego olvidé comentar la cubierta de Un lugar con nieve. En una presentación siempre olvidas cosas que querías decir.


                                  Primera edición de Lejos de Valparaíso, con prólogo de Luis Alberto de Cuenca

De Lejos de Valparaíso solo resalté que el deseo de parir un hijo que no nace es una metáfora de todas las cosas que queremos conseguir y no pasan, y quizá ese es el mensaje más importante de ese libro y lo que merece la pena recordar.

Hablé brevemente de La muchacha de los ojos tristes, no me gusta recordar la época en la que lo escribí, es un poemario que me pone triste, desde el título, la idea más importante del libro es escribir y leer como terapia contra todas las cosas malas que nos pasan en la vida, que son muchas. Mencioné que La muchacha de los ojos tristes era el único de mis poemarios que se había traducido al inglés, y que me había ido a promocionar a Manhattan. Recordé de forma instantánea aquellos días por Brooklyn con L., quién pudiera ahora escaparse a Brooklyn. Estando allí escribí Brooklyn Bridge, y L. me enseñó algunos lugares especiales para él de Brooklyn, aunque no todos, porque L. es de no darlo todo, siempre hay algo que se guarda, para él, para no compartir con nadie, quiero y no quiero volver con él a Brooklyn, es algo extraño.



Primera edición española y americana de La muchacha de los ojos tristes. La edición española llevaba un prólogo de Santiago Tena, la edición americana un prólogo de la traductora Mariana-Romo Carmona


Aquellos días que pasé en Brooklyn fueron días de cambio personal para mí, y nació mi poemario más lorquiano, el que más le gusta a todos mis lectores, mi pequeño gran homenaje a Lorca, Brooklyn Bridge, mi niña bonita. Fue finalista del XXXIII premio internacional de poesía Ciudad de Melilla y sé que no volveré a escribir un poemario tan musical como ese.


                                      Primera edición de Brooklyn Bridge con prólogo de Marta Sanz Pastor


Después del poemario de Brooklyn vino Solo fue un post, inspirado en un verso de Maria Mercè Marçal «deien que es deia amor/ decían que se llamaba Amor» y que es una recopilación de mis poemas de amor y un homenaje a los cuadros de Frida Kahlo. 


                                      Primera edición de Solo fue un post con prólogo de Ramón Alcaraz
Frida dijo «Me pinto a mí misma porque soy a quien mejor conozco». Yo también siento que me he escrito a mí misma, en Monte Ávila, en esa doncella sin manos que recorre Caracas, en Velma y yo, en los poemas de mi blog, en los poemas de la Generación Subway, es la vida lo que pasa por mis poemas, mi vida, al igual que Van Gogh pintó los lugares en los que vivió y los oficios en los que trabajó y su vida acabó formando parte de su obra, es mi vida la que se filtra en mis poemas, en mi voz; mi vida y mis penas que, como también decía Frida, aprendieron a nadar.
                             Columna rota, de Frida Kahlo. Este cuadro inspira el primer y último poema de Solo fue un post.


La voz se me rompía y cuando me faltaba el aire le pedía a L.R.G. que leyera un poema. Leyó la Oda a Federico García Lorca, que no es mi poema preferido de Brooklyn Bridge, pero es uno de los que más le gusta a la gente. Yo querría haber leído en voz alta un poema que escribí en Brooklyn Bridge después de leer un mensaje de L.R.G. y que, en cierto modo, le tengo dedicado a él. Pero mi voz, mis nervios, la improvisación del momento, no me dejaron decir más ni leer más.

Respiré. Observé a todo el mundo. Aunque me ponga muy nerviosa en las presentaciones me gusta hacerlas, cada vez me gusta más, pero no controlo el pánico.

Leí mi Regalo de boda, que tampoco es el poema que más me gusta de Un lugar con nieve, pero es un poema que gusta mucho, a todo el mundo que lo lee. Quise leerlo para L., aunque ahora, con la perspectiva de un par de días después, creo que no lo leí muy bien, pero dicen que la intención es lo que cuenta.

Al cerrar el acto P.P. traía un mensaje de su madre, su madre que había leído mi libro en unos días difíciles de duelo en los que había perdido a su marido. Quizá la poesía solo sirva para eso: para acompañar a la gente cuando se siente sola.

El poeta es un ser que sufre mucho. Sufre y escribe su dolor, e intenta transformar el dolor en algo hermoso. Después, el poema, que haciendo honor a su origen griego es la expresión artística de la belleza por medio de la palabra, acude a arropar a aquel que lo escucha, porque cada vez vivimos en un mundo más prosaico y, por ello, cada vez es más necesaria la poesía. Así que mi dolor sirvió para que la madre de P.P. durante un tiempo olvidara el suyo, y así será sucesivamente hasta que me muera, que será la única situación que yo contemplo para dejar de escribir, y el legado que deje hable por mí, de mi vida, de mis versos, de mi proceso creativo, de mis obsesiones y de mis alegrías, de mis heridas y de mis cicatrices, de mis amigos, de mi editorial, de mi marido, de la vida que, como dice E., sigue y lo invade todo.

El sábado fue un día feliz, en compañía de buenos amigos. A.S., E.M.M., P.P. y muchos otros. Llegó mi nieve a Madrid. Y llegó para quedarse. La portada de Un lugar con nieve es una fotografía de L. que hizo en 2008, un año que nevó mucho. La foto está hecha justo detrás de nuestra casa y es la única nieve que yo he visto, por eso la elegí como portada. En muchos aspectos añoro la ternura de 2008, ese año de nieves en el que L. y yo éramos muy felices por habernos reencontrado. Creo que esa fotografía en mi libro es un intento de que mi marido evoque un tiempo feliz cuando la mire; es una fotografía que me transmite paz y que me gustaría que a él le transmitiera alegría por haberme conocido.



                                 Primera edición de Un lugar con nieve. La segunda edición lleva una faja de Carlos Zanón.


Escribo esto cuatro días después, recordando el verso de Roberto Juarroz: «pero en el centro del vacío hay otra fiesta». En estos cuatro días la ex de mi marido le ha llamado varias veces, por el tema del cambio de colegio de los niños; él también la ha llamado a ella. Es un tema interminable que parece no zanjarse nunca (el pasado nunca acaba de pasar), he ido y he vuelto a Madrid, he escolarizado a mis hijas en Madrid, he presentado dos libros, he tenido cuatro reuniones, he cerrado proyectos, he revisado galeradas, me he enfadado con mi marido, me he puesto triste, he llorado, me he reconciliado, he leído las crónicas de mis amigos en el Facebook comentando el acto del sábado y me ha parecido justo contar mi propia versión de los hechos, como un regalo hacia ellos.

En estos días mi marido ha estado en Madrid, en Ponferrada, en Santiago, en muchos sitios menos en casa. Hace tres años que es así, y no hay muchas perspectivas de que eso cambie.


Volverá esta noche, de madrugada. Mañana tiene un acto en Gavá, el viernes en Pozoblanco (Córdoba), sábado y domingo en Collbató y así suma y sigue, en esta gran bola de nieve que es la literatura y a la que, por mucho que lo intente, no acabo de acostumbrarme. Y mi vacío ha venido a atacarme, como el vacío de Juarroz, solo que no he sabido hacerlo fiesta, para mí el vacío siempre es dolor en el pecho, soledad, una gran mesa para uno en la que siempre como sola. Me gustaría ser alguien a quien el vacío no pudiera dañar. Suena el timbre insistentemente. Es J. Es la hora de comer.